Defender derechos solo cuando conviene no es defender nada
Hacer activismo de derechos humanos en medio de una crisis profunda no es un ejercicio de pureza. Es, casi siempre, una práctica incómoda, llena de contradicciones, en la que cada decisión se toma bajo sospecha. Sobre todo, cuando implica algo que incomoda a mucha gente: sentarse con instancias de poder mientras otro grupo exige distancia absoluta, ruptura total y fidelidad sin matices. En contextos de polarización extrema, el activismo deja de evaluarse por su impacto real en la vida de las personas, para hacerlo por su alineación con un relato, y entonces: • Dialogar se convierte en traición. • Escuchar, en complicidad. • Insistir en derechos universales, en tibieza. Pero la defensa de los derechos humanos no es una épica. No promete héroes, ni salvadores, ni finales inmediatos. Es un trabajo paciente que parte de una verdad incómoda: las víctimas existen incluso cuando el escenario político no es el ideal, y sus derechos no pueden esperar a que el conflicto se resue...